Hay una pregunta que la derecha republicana y el mismo presidente José Kast siguen sin responder: ¿por qué son tan valientes para perseguir a un deudor del CAE y tan cautelosos cuando se trata de seguir la ruta del dinero del crimen organizado?
Durante años hemos escuchado discursos encendidos sobre orden, seguridad, mano dura y combate sin cuartel a la delincuencia. Pero cuando llega el momento de discutir herramientas para levantar el secreto bancario y rastrear el dinero de las organizaciones criminales, aparecen las dudas, los reparos y las advertencias sobre los riesgos para la libertad individual.
Curiosa forma de entender la libertad.
Porque cuando un estudiante acumula una deuda por haber intentado acceder a la educación superior, nadie parece escandalizarse con los mecanismos de cobro. Ahí no hay grandes defensores de la privacidad financiera. Ahí no aparecen discursos épicos sobre el peligro de que el Estado conozca información patrimonial. Ahí todo vale. Este mismo fin de semana nos hemos enterado de que la Tesorería ha vaciado las cuentas bancarias de los deudores del CAE como si fuese una persecución de dinero sucio, pero no, cuando se trata del dinero sucio las cuentas no se tocan, según la retorcida lógica del gobierno y del oficialismo.
Pero cuando el objetivo es seguir la pista de millones de pesos que circulan por redes vinculadas al narcotráfico, al lavado de activos y al crimen organizado, entonces algunos descubren repentinamente el amor por el secreto bancario. Y eso que la misma semana recién pasada, nos enteramos que se detectó un sistema de lavado de activos en Banco Santander provenientes del Tren de Aragua, con movimientos de más de 75 millones de pesos, descubiertos en un operativo de la PDI.
La contradicción es evidente.
Si realmente creen que Chile enfrenta una amenaza del narcotráfico, deberían ser los primeros en exigir que se persiga el dinero que alimenta a esas organizaciones. Porque los narcos no guardan sus ganancias debajo del colchón. Compran propiedades, mueven recursos, crean sociedades y utilizan el sistema financiero. Muy por el contrario de lo que pregonaban prominentes figuras de la derecha como Karla Rubilar, Mara Sedini o Katherine Martorell, quienes decían que el narco no usaba cuentas bancarias. Que comentarios más absurdos emitieron en su momento, hoy todo Chile sabe de los movimientos bancarios del crimen organizado.
Quien quiera combatirlos de verdad debe estar dispuesto a seguir la ruta del dinero. Lo demás es retórica.
La seguridad no se defiende con conferencias de prensa ni con eslóganes de campaña. Se defiende golpeando donde más les duele a las organizaciones criminales: en el bolsillo.
Por eso resulta difícil entender que quienes hablan todos los días de delincuencia parezcan más cómodos persiguiendo a un profesional endeudado por estudiar que fortaleciendo las herramientas para perseguir las finanzas del crimen organizado.
La pregunta sigue pendiente: si el secreto bancario no es un problema cuando se trata de cobrar una deuda, ¿por qué se transforma en una barrera infranqueable cuando se trata de seguir la plata de los narcos?
Escrito por: Ricardo Aguilar Cubillos, ex asesor parlamentario

