Crecí en un campamento en los años 80, en Quilicura. Viví en una mediagua en los 90, en Rengo. No fue fácil, pero tampoco fue una desgracia. Fue una escuela un tanto acérrima. Ahí aprendí que la vida no se mide por lo que uno tiene, sino por cómo se vive con otros. Que la dignidad se defiende incluso en la precariedad, y que la peor pobreza no es la económica, sino la indiferencia.
Entre 2001 y 2013 fui voluntario en Un Techo para Chile. Construimos bajo la lluvia, entre el barro, el sol, la tierra seca, compartiendo sueños y empujando realidades. Participamos en procesos de reconstrucción después del terremoto, en planes de intervención social, en diálogos comunitarios. No solo trabajamos con las familias; también nos sentamos en mesas con autoridades y empresarios. Y ahí entendimos que, para cambiar algo, hay que moverse en todos los frentes: desde el barro hasta la oficina, desde la mediagua hasta la política pública.
Todo eso lo hicimos, muchas veces, bajo el dilema de Nash: cada actor buscando su mejor jugada posible, pero sabiendo que el verdadero bienestar solo se logra cuando nadie gana a costa del otro. Porque en territorios marcados por la exclusión, la única estrategia viable y sostenible es la cooperación.
Hoy, como profesional, miro esta realidad con una perspectiva más crítica y técnica. Pero sigo conectado a lo esencial. Como decía Felipe Berríos: “Que no perdamos nunca la capacidad de impresionarnos, porque eso nos pone cerca de la realidad y nos conecta.” Esa capacidad es la que evita que normalicemos el abandono, la exclusión o la brutalidad disfrazada de procedimiento.
La realidad hoy es distinta a la de hace más de 20 años. El fenómeno migratorio, la precarización del empleo, el supuesto colapso del mercado habitacional y la fragilidad institucional han profundizado un escenario que las autoridades han querido nombrar de forma técnica como “asentamientos informales”. Pero lo cierto es que no se trata solo de informalidad, sino del resultado evidente aunque muchas veces ignorado, ocultado mañosamente, aprovechamientos de las partes de causas estructurales desatendidas: desigualdad persistente, falta de oportunidades reales, abandono territorial, como también de la ausencia de políticas públicas coherente y sostenidas.
Llamarlos “asentamientos” puede sonar más ordenado, pero no resuelve nada si seguimos evitando mirar la raíz del problema. Esta complejidad, por tanto, no puede servir como excusa. NI para paralizar decisiones urgentes, ni para justificar intervenciones desproporcionadas que terminan afectando, una vez más, a los más vulnerables.
¡POR ESO, ES TIEMPO DE UNA VISIÓN COMPARTIDA!
¡UNA QUE CONVOQUE Y COMPROMETA!
¡PORQUE LA RESPONSABILIDAD NO ES SOLO DE UNO, ES DE TODOS!
“No basta con entender o sentir. Hoy necesitamos acciones coordinadas, inmediatas y sostenibles. De las familias, que buscan soluciones donde el Estado y gobiernos locales no llegan. De las autoridades, que deben actuar con humanidad, coordinación y claridad. De los profesionales, que no podemos seguir viendo los territorios solo como “casos” o “zonas de riesgo”, sino como comunidades llenas de historias, vínculos y personas. De los voluntarios, que no debemos soltar la causa ni cuando colguemos el peto. Y de los empresarios, que no pueden beneficiarse de la fuerza laboral que viene de los campamentos mientras ignoran las condiciones de vida de quienes les sostienen las cosechas, los camiones, las obras, los servicios y el comercio. No se puede exigir productividad y desarrollo social sin dignidad”
Como dijo también Berríos: “Tenemos que estar dispuestos a tal vez no ir tan rápido y dispuestos a perder algo, pero ir juntos con otros, ir al paso del más lento para que nadie se nos quede atrás.” Y no olvidemos: “Las instituciones protegen a los más débiles, y a los que son fuertes los ayuda a ser hermanos de sus hermanos.”
“Campamentos como Galvarino, otros de la comuna y también del país NO SON UN PROBLEMA QUE SE ELIMINA, SON UNA REALIDAD QUE INTERPELA UNA SEÑAL CLARA DE LO QUE AÚN NO RESOLVEMOS COMO PAÍS”.
“Como un paso concreto, hago un llamado a las autoridades locales y regionales para que establezcan una mesa de trabajo integrada por todos los actores relevantes: pobladores, vecinos, profesionales, voluntarios, representantes del sector privado y del Estado. Esta mesa debe contar con un cronograma claro, con fecha de inicio, plazos definidos para el proceso de diálogo y compromisos concretos para presentar resultados verificables. Así evitamos la frustración de decir ‘no hicimos nada’ y convertimos la experiencia en un aprendizaje real que pueda dar paso a soluciones nuevas y sostenibles.”
NO pedimos caridad. Pedimos humanidad.
NO exigimos privilegios. Exigimos respeto.
NO buscamos culpables. Buscamos soluciones.
Porque la dignidad no se improvisa. Se construye.
Y se construye mejor cuando se hace en conjunto, sin dejar a nadie atrás.
Ricardo Benjamín Pereda Pereda.
Hijo de Jorgina del Carmen Pereda Medina.
Sobrino de la Hna. Ema Pereda (Carmelitas de la Caridad Vedruna),
quien me regalaba los lápices a pesar de mi mala ortografía.
Voluntario de Un Techo para Chile (2001–2013).
Ingeniero de Ejecución en Administración.
¡Quien aún no pierde la capacidad de impresionarse!
Como agnóstico teísta, mantengo distancia de la fe institucional, pero no del compromiso con el prójimo ni del respeto profundo por quienes, desde su espiritualidad, han entregado su vida al servicio de los demás.
Por eso, desde un lugar ético, humano y coherente, hago mía esta frase:
“Algunos pasan sin mirar, otros miran y pasan. Él miró, se detuvo y nos marcó el camino.”

